miércoles, 2 de agosto de 2017

Los grupos históricos de hablantes, las tribus y pueblos, son entidades que buscan alabarse a sí mismas, entidades que impulsan ese idioma suyo tan difícil de imitar como un juego psicosocial del que pueden explotar ventajas a favor suyo. En este sentido, todo lenguaje, antes de convertirse en un procedimiento técnico, permite a cualquier hablante ensalzarse y glorificarse, y los discursos técnicos, aunque de manera indirecta, no pueden por menos de hacer el elogio de los técnicos. Incluso los lenguajes autocríticos se orientan a esta función del autoensalzamiento. Hasta el mismo masoquismo anuncia la distinción del torturado. Quien utiliza un lenguaje según su genuina función constitutiva, esto es, narcisista-primaria, expresa con su discurso: al hablante no le habría podido pasar nada mejor en el mundo que ser precisamente él o ella misma y dar fe en este lenguaje, y desde este preciso lugar, de la ventaja de poder estar en su propio pellejo.
Desde una perspectiva histórica, hay que reparar en el hecho de que antes de que el narcisismo primario se convirtiera, con la irrupción de la era moderna, en la seña de identidad de unas naciones tan absortas en sus clásicos como en sus armas, en un primer momento este fenómeno sólo podría ser observado en el ámbito étnico y entre la realeza. Por lo que respecta al individuo, tendrá que pasar todavía algún tiempo para que su autoafirmación adquiera la legitimidad suficiente para salir de las sombras del pecado y aparecer como el amour-propre en el siglo XVIII, la sagrada búsqueda del yo en el XIX, el narcisismo en el XX, y el autodiseño en el XXI.

Sobre la mejora de la Buena Nueva: El quinto Evangelio según Nietzsche - Peter Sloterdijk

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