Jueves
Curiosamente nadie parece haber reparado en que no fue T. W. Adorno el primero en establecer una
relación entre el futuro de la literatura y los campos de exterminio nazis. En 1948, Brecht, en sus
“Conversaciones con los jóvenes intelectuales”, ya había planteado el problema. “Los acontecimientos
en Auschwitz, en el ghetto de Varsovia y en Buchenwald no admiten indudablemente descripción
alguna en forma literaria. En efecto, la literatura no está preparada para semejantes acontecimientos,
no ha desarrollado medio alguno para ellos.” Luego Adorno se refirió al mismo asunto en su ensayo de
1955 La crítica de la cultura y la sociedad, donde escribe con su habitual tono admonitorio: “La crítica
cultural se encuentra frente al último escalón de la dialéctica entre cultura y barbarie: después de lo que
pasó en el campo de Auschwitz es un hecho de barbarie escribir un poema, y este hecho corroe incluso
el conocimiento que señala por qué se ha hecho hoy imposible escribir poesía”. Brecht no acepta por
supuesto esa condena de la poesía, solo se refiere a las dificultades técnicas que plantean las relaciones
entre historia y literatura. Unos años antes, en su Diario de trabajo, el 16 de setiembre de 1940, había
escrito: “Sería increíblemente difícil expresar el estado de ánimo con que sigo la batalla de Inglaterra en
la radio y con que luego me pongo a escribir Puntila. Este fenómeno demuestra por qué no se detiene
la producción literaria, a pesar de guerras como ésta. Puntila casi no significa nada para mí, la guerra lo
significa todo; sobre Puntila puedo escribir casi cualquier cosa, sobre la guerra nada. Y no quiero decir
que no deba escribir, sino que realmente no puedo. Es interesante observar cómo la literatura, en tanto
práctica, está alejada de los centros en los que se desarrollan los acontecimientos de los cuales depende
todo”. La tesis de Adorno encontró rápida difusión entre los críticos culturales siempre dispuestos a
aceptar la metafísica del silencio y los límites del lenguaje. Brecht en cambio, con astucia y sin ilusiones,
siguiendo la experiencia de los perseguidos y de los malvivientes, nunca se preguntó si era lícito lo que
estaba haciendo, solo le interesaba saber si era posible.
“Un detective privado”, “Notas en un Diario” 1. 15-I-2011.
Martes
Trabajo en el prólogo a una edición de los últimos relatos de Tolstói. Los escribía en secreto, escondido
de sí mismo, y son, desde luego, excelentes, mucho mejores que los cuentos de Chéjov.
Luego de la conversión que lo ha llevado a abandonar la literatura, Tolstói decide dedicar su vida a los
campesinos, convertirse en otro, ser más puro y más sencillo. Renuncia a sus propiedades, quiere vivir
del trabajo manual. Resuelve aprender a hacer zapatos, porque un par de botas bien hechas son, según
dice, más útiles que Anna Karenina. El zapatero del pueblo le enseña –con temor ante las incomprensibles
excentricidades del conde– su viejo oficio.
Tolstói anotó en su diario: “Escribir no es difícil, lo difícil es no escribir”. Esa frase tendría que ser la
consigna de la literatura contemporánea.
“El consejo de Tolstói”, “Notas en un Diario” 3. 12-III-2011.
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