La unidad de la jauría fúnebre es su pataleo. La danza no se distingue de la música. El grito eficaz, el silbido -residuo del señuelo- acompañan el espoleo asesino. La música une las jaurías así como el orden las pone de pie. El silencio descompone las jaurías. Prefiero el silencio a la música. El lenguaje y la música pertenecen a una genealogía que subsiste siempre en ellos y que puede sublevar el corazón.
La orden es la raíz más antigua del lenguaje: los perros obedecen las órdenes como los hombres. La orden es una sentencia de muerte que las víctimas comprenden hasta la obediencia. Domesticar y ordenar son la misma cosa. Los niños enseguida son acosados con órdenes, es decir, acosados por gritos de muerte ornados de lenguaje.
El esclavo nunca es un objeto sino siempre un animal. El perro ya no es más completamente un animal sino un ser doméstico, porque es obediente: escucha, responde a la voz-señuelo, parece comprender el sentido cuando no hace más que padecer el melos.
La música asombra al alma y escande los actos como las señales que Pavlov dirigía a los perros.
La batuta del director de orquesta hace callar la cacofonía de los instrumentos, instala el silencio que precede a la música, ella desencadena de pronto sobre ese fondo de silencio mortal la irrupción de la primera medida. La tropa de hombres o de animales, o incluso de perros, siempre es salvaje. Sólo es doméstica cuando responde a órdenes, se levanta cuando suena el silbato y se aglutina en las salas de concierto.
La orden es la raíz más antigua del lenguaje: los perros obedecen las órdenes como los hombres. La orden es una sentencia de muerte que las víctimas comprenden hasta la obediencia. Domesticar y ordenar son la misma cosa. Los niños enseguida son acosados con órdenes, es decir, acosados por gritos de muerte ornados de lenguaje.
El esclavo nunca es un objeto sino siempre un animal. El perro ya no es más completamente un animal sino un ser doméstico, porque es obediente: escucha, responde a la voz-señuelo, parece comprender el sentido cuando no hace más que padecer el melos.
La música asombra al alma y escande los actos como las señales que Pavlov dirigía a los perros.
La batuta del director de orquesta hace callar la cacofonía de los instrumentos, instala el silencio que precede a la música, ella desencadena de pronto sobre ese fondo de silencio mortal la irrupción de la primera medida. La tropa de hombres o de animales, o incluso de perros, siempre es salvaje. Sólo es doméstica cuando responde a órdenes, se levanta cuando suena el silbato y se aglutina en las salas de concierto.
http://elpsicoanalistalector.blogspot.cl/2011/03/pascal-quignard-parrafos-de-el-odio-la.html
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