martes, 19 de septiembre de 2017

Virtualmente se nos concede todo, dice, en medio de una especie de liberación obligatoria. Hasta ahora, todo se había ordenado en torno a la tensión entre las necesidades y su satisfacción, entre los deseos y su consecución. Las posibilidades siempre quedaban muy por debajo de las aspiraciones, lo cual configuraba una situación crítica que dio lugar a distintos conflictos históricos. En la actualidad ocurre aproximadamente lo contrario. Las necesidades, los deseos y las aspiraciones ya no están a la altura de las posibilidades que se ofrecen desde el ámbito de la comunicación, la información, la movilidad o el ocio. Aquí es donde se encuentra hoy la verdadera fractura: en la saciedad, en la saturación, en la anticipación de las respuestas a todas las preguntas, en una realidad integral que absorbe todas las veleidades de superación, de sueño o de revuelta, en la precesión de los modelos [10]. Ya no estamos sometidos a la opresión, a la desposesión o a la alienación, sino a la profusión y al tutelaje integral. Es claro que, cuando esta burbuja cultural se acabe desinflando por el pinchazo de la expansión económica, el desarme de la gente –ese “público cautivo” que Baudrillard también ve configurarse en los escenarios del arte contemporáneo– y de su vanguardia marxista tradicional, va a ser completo.

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Ya se sabe, la libertad de expresión es el último opio del pueblo. Así pues, ¿cómo despiertan los que no están dormidos, sino anestesiados por la visibilidad total, por una vigilancia universal que no necesita vigilantes? Baudrillard concluye, remachando su secesión de un pensamiento crítico tradicional en el que incluye, desde Marx, a Foucault y –posiblemente con más dudas– Deleuze: “En el orden de la dominación todavía había lugar para el trabajo histórico de lo negativo. La desaparición de lo negativo inaugura la era de la hegemonía. Desde entonces, en este imperio virtual del bien, en esta positividad total, en esta realidad integral, el pensamiento crítico ya no puede subvertir el sistema desde dentro. Es el fin de las contradicciones, de las relaciones de fuerza: el fin de la violencia revolucionaria”. En otras palabras, para Baudrillard la complicidad de las alternativas progresistas con el sistema es total: ellas son el sistema. Sólo quedan reformas que suavizan y prolongan la agonía, mientras esperamos la implosión del actual orden social desde dentro… y su probable coincidencia con algunas invasiones bárbaras.


Una muerte a tiempo es la eternidad, la única eternidad posible. Pero se da actualmente un pánico cultural a la ruptura, a la decisión, a cualquier cosa que interrumpa el consenso infinito del consumo [27]. Frente a esa posibilidad de la ruptura, nosotros apostamos por el consenso interminable, en definitiva, por la sala de espera que es lo social. Exiliados en la promesa de esta seguridad gregaria, nos mantenemos en una indecisión patética, un enmudecimiento común cuya otra cara es el decisionismodelegado en los medios. Digamos que, en la vida y en el pensamiento, Baudrillard defiende la “acción directa” de la singularidad sin concepto. Reivindica, en este sentido, una buena relación con la violencia, una violencia anómala [28]. Esto no significa defender necesariamente el “paso al acto” espectacular, la violencia desatada que es el pan nuestro de cada día, sino lo que late en el reposo de la existencia. Para empezar, la violencia simbólica de la vida que se detiene, que respira y conspira en secreto, fuera de la velocidad de la transparencia. Al faltar esta violencia anómala del mero existir, Baudrillard insiste en que un odio larvado se extiende por doquier, cebándose en cualquier ente, nación o individuo, que aparezca por fuera de la gigantesca pantalla del control.

De este odio sólo se salva el otro en cuanto víctima, en cuanto se presenta desarmado y pidiendo reconocimiento. Los llamados “pasillos de la solidaridad” son en realidad pasillos de vampirización, pues a través de ellos esta sociedad carnívora, exiliada en la lógica del “cero muertos”, se aprovecha de la energía de los parias del exterior. Todo el sistema de la comunicación tiene una función endogámica y está encaminado a exorcizar el mal, a blanquear el malestar interno [29]. Esto vale incluso para el simulacro de la guerra, que tiene lugar sobre todo en una televisión que gira sobre sí misma, entreteniendo al bienestar occidental al lado de los deportes y muy cerca del reality show generalizado. En nuestro feroz maniqueísmo es necesario siempre colocar el mal fuera, exorcizarlo: convertir la angustia en un mal localizado que se acerca, como diría Heidegger. Así es el mecanismo de la información, funcionando para la consistencia interna del circuito global. Frente a esta lógica incestuosa, Baudrillard se atreve a proponer que pensemos un Bien que solamente consistiera en el asimiento del Mal, no en su exclusión maniquea [30].

Hoy cualquier cosa, incluyendo lo más absurdo, se justifica a la postre en que genera empleo. Pero esto señala justamente la ocupación y el empleo del tiempo como metas finales. En la época imperial de los medios, el fin es que la mediación sea incesante. Y esto confirma que el único objetivo de nuestro nihilismo global es mantener el circuito cerrado de la circulación, el fetichismo de lo Social como mercancía. Denunciar este circuito, el de la información, significa diagnosticar el terrorismo como envés de la transparencia mundial. Existe para Baudrillard un espíritu del terrorismo, una cultura y una política detrás de él, no sólo una causalidad aberrante que lo explica. (...) 
 Lo verdaderamente terrorista, en la cultura del cero muertos, es que alguien durmiente esté dispuesto a dar su vida por algo, por cualquier causa. De ahí el terror generalizado hacia todo lo que no se manifiesta, lo que no se conecta y toma decisiones al margen.

Igual que los cuerpos y las mentes necesitan el roce con un horror externo, todo nuestro sistema necesita en realidad la catástrofe. El orden vigente desea la catástrofe, como se vio en las múltiples premoniciones mediáticas del 11 de septiembre neoyorquino, y necesita un continuo estado de excepción que mantenga una sociedad que, como decía Debord, sólo puede ser apreciada por sus enemigos.  (...)

Se trata, para empezar, del efecto propagador de la información, a su vez terrorista, que el terrorismo conoce muy bien. Justamente las oleadas continuas de pánico, la cultura del riesgo, la hipocondría generalizada proviene en esta sociedad de que lo gigantesco presiente su infinita fragilidad ante lo pequeño, armado con la potencia de una relación afirmativa con la muerte. Eso es lo terrorífico para nosotros, que alguien esté dispuesto a morir. Que algo, libre del canon nihilista, no le tenga miedo a la muerte.

Sobre esta remota y temible posibilidad, nuestra norma es la ideología de la seguridad, el maniqueísmo de la cultura preventiva, de la medicina y la arquitectura preventivas. Exiliados en el limbo de la cobertura técnica, nos condenamos a lo irreparable de cualquier irrupción exterior. Y esto, básicamente, debido a que el confort y la seguridad atraen el accidente como un imán. El terror proviene en realidad del corazón de la obscenidad transparente. Nace de la respuesta fatal del cuerpo físico –cáncer, sida, alergias– y del cuerpo social –crimen, desafección, corrupción– a la promesa de la mediación, de la promiscuidad continua. El globalitarismo de la pantalla integral crea el temor generalizado a un potencial accidente. Un temor completamente justificado, pues hemos perdido la tecnología para lo contingente. Como diría Tiqqun, la frágil positividad de este mundo sólo se alimenta de una suspensión provisional del instante, esa fortaleza vital de la muerte con la que amenaza toda presencia real [31].

Sobre esa naturaleza ignorada, aquí y allí, se asienta lo casi extraterrestre de las urbes, pues parecería que este nuevo mundo está hecho para la publicidad que de él se haría en otro mundo. “Todo es recuperado por la simulación. Los paisajes por la fotografía, las mujeres por el guión sexual, los pensamientos por la escritura, el terrorismo por la moda y los media, los acontecimientos por la televisión. Podríamos preguntarnos si el mundo sólo existe en función de la publicidad que de él pueda hacerse en otro mundo (...) la belleza es creada por la cirugía estética de los cuerpos y la belleza urbana por la cirugía de los espacios verdes y la opinión por la cirugía estética de los sondeos. Institutos especializados enseñan a que los cuerpos aprendan a tocarse. Pero bajo esta simulación planetaria, es palpable la soledad infinita de la gente, su abandono inconcebible a la nada, un poco lo que Hopper trasluce en su mirada.

http://fronterad.com/?q=sacando-tumba-a-baudrillard-signo-politico-atraso

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