(...) habría un estado del espíritu víctima de la "presencia" (una presencia que no está en modo alguno presente en el sentido del aquí y ahora, es decir, como lo que designan los deícticos de la presentación), un estado del espíritu sin espíritu, que se requiere de éste no para que la materia sea percibida, concebida, dada o captada, sino para que haya algo. Y digo materia para designar lo "que hay", ese quod, porque en ausencia del espíritu activo esta presencia no es nunca y nunca deja de ser otra cosa que timbre, tono, matiz en una u otra de las disposiciones de la sensibilidad, en uno u otro de los sensoria, en una u otra de las posibilidades por las cuales el espíritu es accesible al acontecimiento material, puede ser "tocado" por éste: cualidad singular, incomparable -inolvidable e inmediatamente olvidada -, del grano de una piel o una madera, la fragancia de un aroma, el sabor de una secreción o una carne, así como de un timbre o un matiz. Todos estos términos son intercambiables. Designan todo el acontecimiento de una pasión, de un padecer para el cual el espíritu no habrá sido preparado, que lo habrá desamparado y del que no conserva más que el sentimiento, angustia y júbilo, de una deuda oscura.
Jean-François Lyotard, Lo inhumano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario