miércoles, 27 de septiembre de 2017

Fue el año pasado, en diciembre. La vanguardia finlandesa, tras dejar atrás el bosque de Vuoksi, se asomó al umbral del vasto y salvaje bosque de Raikkola. El bosque rebosaba de tropas rusas. Casi todas las unidades soviéticas de artillería del sector septentrional del istmo de Carelia, para escapar del embate de los soldados finlandeses, se habían dirigido hacia el Ladoga con la esperanza de poder embarcar armas y caballos y trasladarlos a lugar seguro por el lago. Pero las gabarras y los remolcadores soviéticos tardaban en llegar, cada hora de retraso podía ser fatal pues el frío era intenso, rabioso, el lago podía helarse de un momento a otro, y las tropas finlandesas, formadas por destacamentos de sissit, se dejaban ver ya por los meandros del bosque y hostigaban a los rusos por todas partes, acometiéndolos por los flancos y la retaguardia.
Al tercer día se declaró un tremendo incendio en el bosque de Raikkola. Acorralados en un círculo de fuego, hombres, caballos y árboles proferían unos gritos terribles. Los sissit pusieron sitio al incendio, disparando contra el muro de llamas y humo y cerrando toda posible vía de escape. Enloquecidos por el pánico, los caballos de la artillería soviética, casi un millar, se arrojaron a las llamas para romper el asedio del fuego y las ametralladoras. Muchos perecieron entre las llamas, pero una gran parte alcanzó la orilla del lago y se arrojó al agua.
El lago era poco profundo en ese punto, no más de dos metros; sin embargo, a un centenar de pasos de la orilla el fondo cae a pico. Comprimidos en aquel breve espacio (en ese punto del Ladoga, la margen describe una curva, formando un breve recodo), entre las aguas profundas y la muralla de fuego, los caballos se apiñaron temblando de frío y miedo, asomando la cabeza fuera del agua. Los más cercanos a la orilla, con las llamas rozándoles el lomo, se encabritaban y montaban sobre sus compañeros, en un intento por abrirse paso a bocados y coces. En el fragor del tumulto se vieron sorprendidos por el hielo.


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En ningún lugar de Europa se me habían mostrado los alemanes tan desnudos, tan al descubierto, como en Polonia. En el transcurso de mi larga experiencia bélica, me había ido persuadiendo de que los alemanes no les tienen ningún miedo a los hombres fuertes, a los hombres armados que se les enfrentan con valor y les plantan cara. Los alemanes tienen miedo de los indefensos, de los débiles, de los enfermos. El tema del «miedo», de la crueldad alemana como efecto del miedo, se había convertido en el asunto fundamental de toda mi experiencia. Quien sabe mirar ese «miedo» con inteligencia moderna y cristiana, se ve movido a la piedad y al terror; y nunca antes ese miedo había suscitado en mí tanta piedad y tanto terror como entonces en Polonia, donde se me presentaba en toda su complejidad el elemento morboso, femenino, de su naturaleza. Lo que induce a los alemanes a la crueldad, a los actos más fría, más metódica, más científicamente crueles, es el miedo. El miedo a los oprimidos, a los indefensos, a los débiles, a los enfermos, el miedo a los ancianos, a las mujeres, a los niños, el miedo a los judíos. Y por más que se empeñen en esconder este «miedo» misterioso, se ven siempre destinados a acabar hablando de él, y siempre en los momentos más inoportunos, sobre todo en la mesa, donde, ya por el calor del vino y la comida, ya por la confianza en sí mismos que les infunde el no sentirse solos, ya por la inconsciente necesidad de demostrarse que no tienen miedo, los alemanes se descubren y se entregan a departir sobre hambre, fusilamientos y masacres con una complacencia morbosa que revela no sólo rencor, celos, amor frustrado y odio, sino también una indómita abyección, maravillosa y digna de piedad. La misteriosa nobleza de los oprimidos, los enfermos, los débiles, los indefensos, los ancianos, las mujeres y los niños es percibida, sentida, envidiada y temida más por los alemanes que probablemente por ningún otro pueblo de Europa. Y por eso se vengan. En la arrogancia y la brutalidad de los alemanes late una especie de anhelante humillación; en su despiadada crueldad, una honda necesidad de autodenigración; en su misterioso «miedo», una indómita abyección.

Curzio Malaparte, Kaputt

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