Fue el año pasado, en diciembre. La
vanguardia finlandesa, tras dejar atrás el
bosque de Vuoksi, se asomó al umbral
del vasto y salvaje bosque de Raikkola.
El bosque rebosaba de tropas rusas.
Casi todas las unidades soviéticas de
artillería del sector septentrional del
istmo de Carelia, para escapar del
embate de los soldados finlandeses, se
habían dirigido hacia el Ladoga con la
esperanza de poder embarcar armas y
caballos y trasladarlos a lugar seguro
por el lago. Pero las gabarras y los
remolcadores soviéticos tardaban en
llegar, cada hora de retraso podía ser
fatal pues el frío era intenso, rabioso, el
lago podía helarse de un momento a
otro, y las tropas finlandesas, formadas
por destacamentos de sissit, se dejaban
ver ya por los meandros del bosque y
hostigaban a los rusos por todas partes,
acometiéndolos por los flancos y la
retaguardia.
Al tercer día se declaró un tremendo
incendio en el bosque de Raikkola.
Acorralados en un círculo de fuego,
hombres, caballos y árboles proferían
unos gritos terribles. Los sissit pusieron
sitio al incendio, disparando contra el
muro de llamas y humo y cerrando toda
posible vía de escape. Enloquecidos por
el pánico, los caballos de la artillería
soviética, casi un millar, se arrojaron a
las llamas para romper el asedio del
fuego y las ametralladoras. Muchos
perecieron entre las llamas, pero una
gran parte alcanzó la orilla del lago y se
arrojó al agua.
El lago era poco profundo en ese
punto, no más de dos metros; sin
embargo, a un centenar de pasos de la
orilla el fondo cae a pico. Comprimidos
en aquel breve espacio (en ese punto del
Ladoga, la margen describe una curva,
formando un breve recodo), entre las
aguas profundas y la muralla de fuego,
los caballos se apiñaron temblando de
frío y miedo, asomando la cabeza fuera
del agua. Los más cercanos a la orilla,
con las llamas rozándoles el lomo, se
encabritaban y montaban sobre sus
compañeros, en un intento por abrirse
paso a bocados y coces. En el fragor del
tumulto se vieron sorprendidos por el
hielo.
--
En ningún lugar de Europa se me
habían mostrado los alemanes tan
desnudos, tan al descubierto, como en
Polonia. En el transcurso de mi larga
experiencia bélica, me había ido
persuadiendo de que los alemanes no les
tienen ningún miedo a los hombres
fuertes, a los hombres armados que se
les enfrentan con valor y les plantan
cara. Los alemanes tienen miedo de los
indefensos, de los débiles, de los
enfermos. El tema del «miedo», de la
crueldad alemana como efecto del
miedo, se había convertido en el asunto
fundamental de toda mi experiencia.
Quien sabe mirar ese «miedo» con
inteligencia moderna y cristiana, se ve
movido a la piedad y al terror; y nunca
antes ese miedo había suscitado en mí
tanta piedad y tanto terror como
entonces en Polonia, donde se me
presentaba en toda su complejidad el
elemento morboso, femenino, de su
naturaleza. Lo que induce a los alemanes
a la crueldad, a los actos más fría, más
metódica, más científicamente crueles,
es el miedo. El miedo a los oprimidos, a
los indefensos, a los débiles, a los
enfermos, el miedo a los ancianos, a las
mujeres, a los niños, el miedo a los
judíos. Y por más que se empeñen en
esconder este «miedo» misterioso, se
ven siempre destinados a acabar
hablando de él, y siempre en los
momentos más inoportunos, sobre todo
en la mesa, donde, ya por el calor del
vino y la comida, ya por la confianza en
sí mismos que les infunde el no sentirse
solos, ya por la inconsciente necesidad
de demostrarse que no tienen miedo, los
alemanes se descubren y se entregan a
departir sobre hambre, fusilamientos y
masacres con una complacencia
morbosa que revela no sólo rencor,
celos, amor frustrado y odio, sino
también una indómita abyección,
maravillosa y digna de piedad. La
misteriosa nobleza de los oprimidos, los
enfermos, los débiles, los indefensos,
los ancianos, las mujeres y los niños es
percibida, sentida, envidiada y temida
más por los alemanes que
probablemente por ningún otro pueblo
de Europa. Y por eso se vengan. En la
arrogancia y la brutalidad de los
alemanes late una especie de anhelante
humillación; en su despiadada crueldad,
una honda necesidad de autodenigración;
en su misterioso «miedo», una indómita
abyección.
Curzio Malaparte, Kaputt
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