domingo, 25 de febrero de 2018
Me quiero matar y no puedo. ¿Cobardía, reducción al absurdo, fidelidad por alguna clase de expectativa? ¿Hábito de añorar anticipadamente las cosas presentes, afición a las mitologías de la soledad, miedo de algún más allá, asco de un más acá? Nada de eso. Tal vez es mi certeza de que la vida es lo único que hay, sin adjetivos. Aprendo a caminar en los miradores, pero la lista de los ejemplos siempre es incompleta. Resido en una pausa. Y es que la costumbre del desprendimiento pasa a ser una condición vital: todo lo abandono, de todo me alejo enseñando el traje huraño del triste, con la frivolidad del que se defiende, con la palabra rota que se obstina en su grosero silencio, para conservar intactas las estatuas de sal de mi desconsuelo, acaso temiedo su ridiculez. Yo me desprendo, me desprendo del gesto cómplice y sólo me reencuentro en una nostálgica polifonía, donde lo posible se confunde con lo perdido. Soy la sombra que secunda pasos aún más leves, que aguarda el contacto sin fiebre y sin desesperación. El ángel de la disconformidad se posa en todo lo que debiese retenerme, dándole la superficie impenetrable y reluciente de los espejos... Y yo me corrijo hasta desaparecer...
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