miércoles, 27 de febrero de 2019
asco, asco, en todas partes: en las risas de pasillo, en las ofertas, en los aplausos, en las etiquetas, en las frases recortadas, en las pantallas, en los fármacos, en las cucharas, en los estantes, bajo los párpados, en las ofertas, en los cordones impecables, en los desodorantes ambientales, en las tuberías, en los manuales, en los catálogos, en los timbres, en los cables, en la ortografía, en los locales ilustres, en el olvido civil de las tumbas, en la higiene criminal, en el código privado, en la copia feliz, en los emblemas, en el próximo sufragio, en la industria personalizada, en los zapatos que el mar arroja, en las bisagras, en el autorretrato de memoria, en las uñas, en los grifos, en la furia impersonal, en el etcétera, en la sombra y el vocablo, un asco especulativo y visceral, zigzagueante y tremendo; un asco asqueante, alfabéticamente mudo, guturalmente privado, diafásico, síntomático y promisorio; un asco representativo, secuencial, hipotético, etimológico, climático; asco de asquearse, de asquearnos, conjugado en todavía, en pretérito sangrante; un asco poliédrico y automático; un asco que respira como animal enjaulado, que aprende a negar en el idioma de los amos; un asco que se parece a un cadáver resucitado con noticias, presintiendo presintiendo presintiendo
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